Otras voces

Cumpliendo la ley

El 17 de febrero de 1937, el alcalde Ramón de Carranza mandó quitar una lápida de la fachada del Oratorio de San Felipe. Su texto aludía a la abolición de la Inquisición por las Cortes de 1812. A la Inquisición ni tocarla, debió pensar…

La lápida tal vez fue destruida y jamás fue repuesta.

Puede parecer un hecho intrascendente, pero revela el talante y el pensamiento de Carranza, a quien el Ayuntamiento actual ha retirado su nombre de la avenida, ahora “4 de diciembre de 1977”.

Y la pataleta del ‘Cádiz mohoso’ ha sido tan patética como predecible, por esa defensa penosa de un personaje idealizado como un patriarca benefactor y “que hizo muchas obras” en Cádiz. La imagen real, la acreditada por estudios históricos, dista mucho de ese modelo edulcorado. Pero el ‘Cádiz mohoso’ es ignorantón y poco leído, y prefiere cerrar filas obcecado en torno a uno de los suyos, uno de su santoral del Cádiz eterno, del Cádiz como Dios manda…

Pero se trataba de cumplir la ley. Y se ha cumplido, porque Carranza tomó parte, desde su puesto preeminente, en la represión fascista que siguió al golpe de Estado de 1936. No se puede eximir de responsabilidad a quien se ofreció voluntario a Queipo de Llano para ser Alcalde y Gobernador Civil, cargos que ostentó durante el primer fascismo en Cádiz. Carranza era alcalde cuando se depuró a los funcionarios municipales. Carranza, como alcalde, informó de su puño y letra a la Comisión Depuradora del Magisterio acerca de los maestros de la ciudad. Unos perdieron la carrera y otros la vida.

Es cierto que no simpatizaba con la Falange, pero se sacó de la manga el ‘Batallón de Milicianos’, que permitía sumarse a los golpistas sin tener que pertenecer a Falange. Carranza creó también la ‘Milicia Cívica de Cádiz’, unos simples matones amparados en la retaguardia, que secuestraban, torturaban y entregaban a la Falange a los sospechosos de rojerío. Cuando no le metían tres tiros ellos mismos. Esta siniestra ‘brigada del amanecer’, al mando del no menos siniestro Cabo Purcell, sembró el pánico en la ciudad. ¿La ley? La ley eran ellos. En medio, la ineludible responsabilidad de Carranza como alcalde y gobernador.

Hoy, 80 años después, se ha cumplido la ley. Una ley incruenta y democrática que nos recuerda que llegó la hora de la dignidad, la reparación y la justicia.