Donald Trump y el populismo de extrema derecha

El año 2016 concluye con un hecho terrible en el terreno político para las clases populares: la elección como nuevo presidente de EE.UU. de Donald Trump, un magnate de extrema derecha con un programa económico nebuloso y un discurso de repliegue nacionalista, xenófobo y sexista.

Está por ver, como han comentado no pocos economistas, cuánto va a poder cumplir Trump de un programa económico impreciso y contradictorio, caracterizado por una “mezcla” de medidas keynesianas con otras radicalmente neoliberales, y por unas políticas de carácter proteccionista. De las medidas keynesianas, la más comentada ha sido la inversión de más de 500.000 millones en infraestructuras, que casa mal, por ejemplo, con una política fiscal basada en una notable rebaja de impuestos para el sector empresarial y las rentas más altas. El otro rasgo caracterizador de su programa, como se ha dicho, es esa orientación proteccionista que le ha llevado incluso a prometer que obligaría a Apple a fabricar “sus malditos ordenadores” en EE.UU. De cumplir su promesa, la mano de obra estadounidense y la importación de los componentes de China, país para el que Trump ha anunciado una subida en los aranceles del 45%, supondrían un encarecimiento considerable de los productos. Y es que dos de las grandes ventajas que la globalización ofrece a las multinacionales, mediante la deslocalización, es la obtención de mano de obra y materias primas más baratas. La pretensión de este capitalista llamado Donald Trump, además de retratar como un cínico sin escrúpulos a quien ha optado también por la deslocalización para enriquecerse, le granjearía presiones de empresas y lobbies que difícilmente podrá resistir. Encontramos también en su programa, en fin, una serie de medidas neoliberales sumamente preocupantes, como desregularizaciones, la bajada de impuestos para empresas y grandes fortunas o la privatización de la sanidad, que auguran un mayor empobrecimiento de las capas populares y un enriquecimiento de esa minoría a la que Trump realmente representa.

Pero las medidas proteccionistas no constituyen la única clave para entender su triunfo, sino que este responde a factores que se entrelazan, de entre los cuales la “guerra cultural” resulta decisiva. El magnate se ha valido de un discurso basado en la confrontación entre los “americanos de a pie”, sobre todo del medio oeste, honestos trabajadores, frente a los urbanitas de las grandes ciudades, “progresistas” acomodados que han sido los grandes beneficiaros de ese capitalismo financiero de Wall Street que ha empobrecido a los primeros, a los que además sangran a impuestos para luego otorgar ayudas a minorías no blancas. Estaríamos ante una suerte de “lucha de clases distorsionada”, en afortunada expresión del diputado madrileño Isidro López, que ha permitido a Trump capitalizar el descontento producto de la crisis económica. A lo que ha contribuido decisivamente el propio Partido Demócrata, tras unos años de políticas socialmente regresivas, presentando como candidata a una Hillary Clinton que era -y ahí tenía razón el magnate- la favorita de las élites financieras, después de que el aparato del partido neutralizara a Bernie Sanders, más incómodo para el mismo y para las élites económicas, aunque no para las clases populares.

Así en Europa como en EE.UU.

Parece, en fin, que la “lepenización de los espíritus” de la que habla Miguel Urbán respecto a Europa hubiera llegado al otro lado del océano. Y es que el año que acaba no ha sido menos terrible en Europa: el partido xenófobo AfD amenaza con convertirse en la segunda fuerza de Alemania, como ya es el FPÖ en Austria tras las elecciones generales, mientras que en Francia, previsiblemente, las políticas socialmente regresivas del gobierno de Hollande le propiciarán al Frente Nacional el espaldarazo definitivo.

Como Trump en EE.UU., estas formaciones reaccionarias, nacionalistas y xenófobas están consiguiendo capitalizar el lógico descontento generado por la crisis sistémica y las políticas de austeridad, y el rechazo hacia el bipartidismo y el establishment político-económico. Por eso, ante esta crisis también de representatividad política, la conclusión parece evidente: pretender ganar hoy la batalla electoral, sobre todo por parte de una formación nueva, con una estrategia basada en la disputa del espacio del “centro” se revela ineficaz, cuando esta parece ganarse por los “extremos”. Tomemos buena nota de ello, y trabajemos por construir una respuesta política con unas propuestas y un nítido discurso de clase a la altura de las circunstancias. No olvidemos que si en España, tras el estallido de la crisis, no hemos tenido un Frente Nacional, es porque antes tuvimos un Podemos para ocupar el espacio del descontento.