Otras voces

El género de la violencia

Cuando hablamos de violencia de género se nos vienen a la memoria una acumulación larguísima de imágenes, noticias, conversaciones y experiencias que, aun no siendo a veces comparables, han ido formando un imaginario colectivo denso y difícil de cohesionar. Solo cambiando el orden de los conceptos (violencia, género), las palabras se trastocan y los significados se pueblan de sentidos diferentes, como si la casa construida en varias fases empezara a perder sustancia. Para decir algo nuevo sobre la violencia de género es necesario hacer este ejercicio de desmantelamiento de esa naturalidad con la que ejercemos de comentaristas del fenómeno a diario.

El género de la violencia claramente apunta a ciertos aspectos relacionados con el origen de los actos de agresión física, psicológica y simbólica que sufren las mujeres en un contexto doméstico, íntimo y emocional que hace del problema un mal endémico en esta sociedad. Y se ha convertido en endémico precisamente por lo sensible de ese contexto en el que se ejerce, un entorno culturalmente conectado con la privacidad, las relaciones sentimentales, y la intimidad de los actos corporales. En este entorno lleno de expectativas imaginadas sobre el otro, se produce una serie de choques entre lo inventado y lo real que mina el imaginario y lo vuelve en contra de las partes que están íntimamente involucradas en los roles adoptados.

Está suficientemente probado que el sector que cuenta con más datos en la estadística como víctima de la violencia es el sector de las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas que terminan, a veces, en el escenario más dramático de todos: el asesinato y la muerte. Es difícil entender este fenómeno tan habitual si no se logra comprender algunas de las premisas básicas en las que se sustentan las relaciones sentimentales, sean las que sean, y de entre ellas una de las más peligrosas como generadoras de violencia es el sentido de la propiedad que se adueña del propio concepto de ‘ser pareja’. La creencia común de que entrar en una relación de compromiso entre dos personas no significa solo convivir, con todo lo que supone ese verbo, y mantener relaciones íntimas, con todo lo que conlleva esta intimidad, sino que tiende a significar la posesión de uno sobre el otro. Esto, que normalmente sucede en una sola dirección, o sea, la posesión de la mujer por parte del hombre en relaciones heterosexuales, provoca un conjunto de estímulos emocionales negativos que normalizan la idea de cosificación de este sector entendiéndose así el compromiso como propiedad privada y absoluta de sus cuerpos y de sus mentes para aniquilar su existencia independiente.

Sin embargo, esta enfermedad de las sociedades patriarcales no se limita a lo que ocurre en el marco doméstico heterosexual, sino que se está extrapolando a relaciones homosexuales en las que se importa el modelo jerárquico institucionalizado. En estos casos, parejas del mismo sexo están asumiendo la experiencia del compromiso como si fuese un ejercicio de poder, lo cual demuestra que la violencia de género no está organizada en torno al binarismo de sexo masculino/sexo femenino, sino en la identificación de la pareja sexual no como vida en común de miembros semejantes sino como un escenario para ejercer el poder de uno/a sobre el otro/a.

Es más, esta ampliación de los escenarios de la violencia también se repite en un nivel diferente cuando el orden jerárquico se experimenta en relaciones de dominación fuera de la convivencia doméstica. No es posible entender el acoso sexual en entornos profesionales, un problema de tremenda actualidad en este momento, si no se analiza el fenómeno desde la premisa de que es la codificación del género lo que se encuentra en la base de la violencia física, psicológica y simbólica. Y digo género porque no es esta situación de dominación una consecuencia de nacer con un sexo u otro, sino con cómo se aprende a vivir en el cuerpo de una mujer o de un hombre en conflicto con los otros cuerpos de hombres o mujeres que se convierten en dominantes. El género que aglutina todos estos componentes –la agresividad, la fuerza, la dominación, la competitividad sexual, etc.- no es otro que la masculinidad hegemónica tradicional que se sustenta por medio de un disfraz normalizado por el que se concibe a sí misma como superior y ostentosa de su poder. Y al ser una forma de incorporarse a las relaciones sociales, esta masculinidad hegemónica se va aprendiendo y se va reforzando diariamente a través de pequeños momentos, breves instantes de actividad social y doméstica para consolidar la dominación sobre los otros. El resultado de esos ejercicios diarios no tiene otro objeto que la devastación del individuo al que quiere dominar: el silenciamiento, la humillación, el aislamiento, el chantaje emocional, el maltrato psicológico. Es así que la violencia de género no es, como se define generalmente, un problema de individuos que forman parejas y viven en un entorno de agresividad insoportable, sino más bien una lacra social que afecta a las relaciones laborales, las transacciones económicas, los conflictos políticos. Es finalmente el género violento el que hay que desmantelar, no como personas particulares en entornos privados sino como ciudadanos de sociedades que los producen y los alimentan.

LEONOR ACOSTA BUSTAMANTE
Departamento de Filología Francesa e Inglesa
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad de Cádiz