Las murallas de Cádiz: del olvido a la ocultación

Después de más de 200 años de construcción ininterrumpida y convertirse Cádiz en el último reducto de una España sin invasores durante la Guerra de Independencia, el cinturón defensivo que rodeaba la ciudad fue pasando de ser un elemento que garantizaba la seguridad y tranquilidad de los gaditanos a un elemento que comprimía y limitaba su crecimiento y desarrollo en un mundo moderno.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, y a pesar de que enfrentamientos no han faltado, las murallas se fueron dejando de lado, acometiéndose solo las obras estrictamente necesarias para su conservación y mantenimiento. Tanto es así, que a finales del siglo XIX y principios del XX, los socavones se producen de forma periódica, vaciando el interior de las murallas por los huecos hechos por la furia del mar, teniendo que reparar los daños a unos costes elevados. Esto es especialmente recurrente en la banda del Vendaval, el Campo del Sur, desde Puerto Chico a la Iglesia de Santa Cruz, aunque no se libraban zonas más tranquilas como la Alameda Apodaca.

A principios del siglo XX, se derribaron las murallas y fortificaciones del Frente de la Bahía. En aras de la modernidad y más tarde de las crisis, también se fueron derribando los Glacis de Puertas de Tierra para dar trabajo a los desempleados del momento.

A partir de los años cuarenta del siglo XX, se planteó una solución parcial, al problema recurrente de la muralla y sus socavones en Vendaval. La solución buscada fue terminal, económica y rápida.  Cubrir la muralla con una escollera artificial de bloques de hormigón que la protegiera y ahorrar así en su mantenimiento. Nadie tuvo en cuenta que con esa solución se ponía fin a la imagen de Cádiz que, durante 250 años, estuvo definida por sus murallas vistas desde el mar.

Sin ese “detalle”, el cambio de fisonomía fue una medida efectiva, ahorrando en mantenimiento  y evitando el deterioro. Puede que los ingenieros militares que la crearon estuvieran de acuerdo con esta solución.

No será hasta principio de la década de los 90 del siglo XX que se vuelve a tratar de solucionar el resto del mantenimiento de la muralla, al menos de su fachada sur, a través de una “restauración” en la que los criterios patrimoniales, una vez más, vuelven a brillar por su ausencia y eso que esta vez sí existe un corpus legislativo bien desarrollado tanto internacional, como nacional y local. El principio aplicado es similar al anterior volviendo a utilizar los bloques de hormigón, esta vez como escolleras que sujetan una protección pétrea oblicua a la muralla y protegen una zona especialmente afectada como es la del antiguo Baluarte de San Nicolás, cuyo lienzo fue reconstruido en 1941. Para la playa de Santa María del Mar se nos ofrece la misma solución pero en tierra, ya que las murallas hacía tiempo que habían caído al mar y se habían convertido en parte del acervo cultural y paisajístico gaditano, como es el caso de la piedra Barco. También se “restaura” el Frente de tierra sin que a nadie se le pasara por la cabeza la realización de un estudio paramental para comprender una edificación tan importante. Al igual que la vez anterior la falta de criterios patrimoniales hizo que se perdiera lo que quedaba de la imagen de la ciudad moderna y que había sobrevivido a lo largo de los siglos, en pos de una conservación en la que prima el ahorro.

En 2014, se intentó repetir la manera de actuar y una vez más se empezaron a verter bloques de hormigón en la Alameda Apodaca por parte de la demarcación de Costas y con la autorización de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Solo el clamor popular, en prensa, pudo paralizar esta actuación. Una vez más iba en contra de toda la legislación internacional, nacional y local. Sin las protestas, los bloques estarían ahí en un mal entendido ahorro. Para compensar el “pequeño” fallo, se llevó a cabo la restauración parcial del baluarte del Bonete, esta vez con criterios de restauración actuales pero sin control, ni estudio arqueológico previo.

Al igual que todas las restauraciones anteriores, las obras del baluarte del Orejón no parecen contar con un permiso de intervención arqueológica, ni un estudio arqueológico paramental previo que avale la obra de restauración.

La actuación estandarizada por parte de la Delegación de Cultura, a todo aquel que no es una administración ni una institución, es la de realizar un seguimiento arqueológico de la intervención y en las murallas la realización de un estudio del alzado para evitar pérdidas o  deterioro del patrimonio de todos los gaditanos. En el caso de la Demarcación de Costas, como ha sido costumbre en los últimos 20 años, los medios son insuficientes, incluso para cumplir las leyes vigentes de patrimonio y se les concede ignorarlas.

Esto no es raro ya que en estos momentos se está planeando la construcción de un hotel de seis o siete plantas a menos de cincuenta metros del BIC de las murallas del Frente de Tierra y del BIC de la aduana, sobre la nueva estación de trenes, sin ningún pudor por las leyes.

En definitiva el mensaje es muy claro y sencillo, a día de hoy, los ciudadanos siguen siendo los servidores obligados de la administración pública y de los que la gestionan y no lo que se presupone en una democracia: la administración y los que la componen, al servicio de los ciudadanos.