Un sábado de odio

Bajaba la calle y escuchaba cánticos. Quería correr pero…¡maldita sea! Para qué me puse esos zapatos. Pero… ¿es que acaso había que salir corriendo?…¡si solo iba a una concentración ciudadana!

En tantos años de profesión, ¿no había aprendido nada?, me decía a mí misma mientras la distancia se acortaba a cada zancada. Recuerdo que en mi primera manifestación de astilleros llevaba botas altas de tacones…¡la juventud! La juventud y que no sabía que aquel día me tocaría cubrir una de las movidas de la Bazán. A partir de entonces ya siempre me acompañaron esas noticias y aunque era joven y me podía permitir llevar tacones si quería, aunque allí hubiera que salir corriendo cuando trabajadores y policías se enzarzaban en auténticas luchas o aunque me llevara un tornillazo, no tuve miedo.

No, no se trataba de la inconsciencia que te permiten los pocos años ni ninguna de esas experiencias son exageraciones. Es verdad que ya suena a historietas de abuela cebolleta y que este ha sido y es el pan nuestro de los fotógrafos pero aquel año 2004 yo me hice periodista cubriendo un conflicto de astilleros que por poco termina con el cierre de la factoría de San Fernando y que nos tuvo día tras día en la calle. Tanto me marcó aquello que la información laboral pasó a formar parte de mi trabajo diario. Y tras astilleros, llegó Delphi, en 2007. Y no, tampoco pasé miedo.

Por eso, la concentración de ese sábado no podía ser peligrosa. No se trataba de una protesta en defensa de puestos de trabajo, en contra de recortes brutales o de casos de corrupción. No, era por la unidad de España. Sería, no obstante, ingenua si no hubiera calculado que con la tensión existente por la cuestión catalana podía ocurrir algo. Así que como profesional del periodismo, había que dar cobertura a este evento y eso hice.

En cuanto escuché los cánticos, salí corriendo para llegar a una concentración que se había organizado en círculo en plena plaza del Rey, en San Fernando, bajo la estatua del general golpista, Varela y que aún continúa en el espacio más concurrido de la ciudad burlándose de la Ley de Memoria Histórica (española y andaluza). En el centro, ciudadanos particulares tomaban un megáfono y expresaban su opinión. Allí estaban con su propia pancarta y ataviados con camisetas, miembros de Acción Social, un colectivo que recoge alimentos solo para españoles, contrario a la llegada de refugiados a Europa o que felicita a su homólogo en Madrid, Hogar Social de Madrid. Y cuando hacía fotos de esa protesta, advertí que era yo la que estaba siendo grabada.

Me acerqué, le pregunté, me identifiqué como periodista y me dijo que me grababa porque le “daba la gana”. Y podía hacerlo pero ¿cuál era su propósito? ¿qué intención tenía? Le pasó el móvil a una compañera y me siguió. Ninguno de los dos llevaba camisetas identificativas de nada, de manera que no puedo decir si pertenecían a ese colectivo o no. Lo que sí sé que siguió haciéndolo y al insistirle sí se puso violento conmigo. Nunca violencia física pero unos ojos de miedo que no había visto antes. En ninguna de tantas manifestaciones a las que fui.

Dudé en denunciarlo públicamente y decidí informar a mis compañeros de la Asociación de la Prensa que me dieron todo su apoyo, así como mi gente de lavozdelsur.es. Y sí lo hicimos, porque el derecho a la información y el libre ejercicio de esta profesión no pueden estar más amenazados más que ahora: en una época de bulos, montajes, informaciones sin contrastar, intentar hacer cumplir la función social del periodismo, intentar informar honestamente es aún hoy más difícil de lo normal.

Aun así, me siento esperanzada…la ciudadanía pide diálogo y una semana después, sale otro sábado a la calle a pedir ‘parlem’, a respetar las diferencias, a empatizar con el otro y creo que se va a conseguir aunque haya unos pocos que transmitan odio en sus miradas. Yo seguiré yendo a manifestaciones por la paz a cubrirla o a participar y no me importará hacerlo en tacones o descalza.

Vanessa Perondi es periodista en La Voz del Sur